Mi ex, el tabaco.

Empecé a fumar hacia los 14 años. Supongo que como casi todos, por hacerme la mayor. A los 16 años fumaba bastante, a escondidas de mis padres, y a los 17 ó 18, mis padres, también fumadores, me permitieron fumar delante de ellos. Fuí la oveja negra, porque mis hermanos, muy deportistas, no fumaban. Yo hacía tiempo que tenía una mala relación con el deporte.
Pienso que si hubiera seguido haciendo más deporte, como de más pequeña, no hubiera acabado fumando, o fumando tanto, pero esta es lo que he vivido y no hay que arrepentirse de nada, aunque sea malo.
Cuando conocí a Rubén, que no ha fumado en la vida y es anti-tabaco total, le dejé muy claro que no aceptaría que me diera la “murga” con el tabaco, que me había conocido fumadora, y se había enamorado de mí así. En ese momento él dijo que sí a todo, pero con los años empezó a incordiarme con el tema.
Marisa y cigarro iban unidos. Si hasta en el vídeo de nuestra boda salgo fumando porque al fotógrafo le pareció “chulo”.
Además, como soy muy nerviosa, fumaba mucho, en algunas épocas hasta dos paquetes diarios, cuando se podía fumar en los trabajos. Lo normal era entre un paquete y un paquete y medio.
La primera vez que dejé de fumar en serio, fue en el año 2002. Me leí el libro de Allen Car: “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo”. Me lo leí en un dia y medio y antes de acabar ya no fumaba. Me costó, porque eran muchos años de cigarro, pero lo conseguí. Más 10 ó 12 kilos.
Estuve 6 años sin fumar (bueno, un día le di una calada a un cigarro), y tuve a mis dos hijos. Cuando mi niña cumplió 1 mes yo me moría por fumar y aproveché una salida nocturna con amigas para fumarme un cigarro. Después de eso empecé con un cigarro diario a medio día, y como no quería pedirle tabaco a nadie compré un paquete con la intención de coger sólo 1 al día, pero claro, sólo con saber que lo tenía a mi alcance y que soy débil, no podía sacármelo de la cabeza, y cada vez fumaba más hasta que un día, harta de luchar, me rendí y volví a fumar como antes.
Recuerdo la cara de mi hijo la primera vez que me vió (en la calle). Me preguntó que qué era eso (pobrecito tenía 3 añitos y nunca había visto eso en manos de su mama), y yo le dije que nada, avergonzada y con un sentimiento de culpabilidad insoportable.
Durante los siguientes años Rubén inició una campaña de acoso anti-tabaco, ayudado de mi hijo mayor, hasta que volví a dejarlo durante 6 meses. Volví.
Durante dos años más seguí fumando, no sin remordimientos, sintiéndome, cada vez más, un bicho raro, porque la sociedad cada vez más aparta a los fumadores, y estos se van sintiendo minoría, criticados, menospreciados…. Además empecé a correr, por lo que el dejar definitivamente el tabaco se hacía urgentísimo, ya que con 40 años, mujer, y encima fumadora, tenía más números de que me diera algo. Y sin olvidar que la capacidad pulmonar era limitada, la tos, etc. 
Y la razón más importante: mis hijos. A la campaña anti-tabaco Rubén añadió a mi hija pequeña, y aunque yo sólo fumaba, dentro de casa, en la cocina que es un sitio al que no dejaba entrar a mis hijos, o en la calle, ellos sabían que fumaba mucho. Además mi hijo cogió la manía de mirar las fotografías que salían en los paquetes de tabaco, haciéndole sufrir. 
Ni qué decir tiene el gasto económico que fumar supone. Para tratar de rebajarlo y para sentirme un poco menos culpable, empecé a liarme yo mis cigarros. Por la noche me pasaba un buen rato haciéndolos, hasta que hacía unos 30, para tener de sobras para todo el día y no tener que ponerme nerviosa por si me quedaba sin.
Al final tuve que prometerles a mis hijos que dejaría de fumar y la mejor manera era estableciendo una fecha y buscando ayuda profesional.
Me sometí a una terapia de hipnosis que duró 3 días, pero desde el primer día ya tenía que dejar de fumar. A pesar de que “el lavado de cerebro ayuda mucho” lo pasé mal. Intensifiqué las sesiones de running, pero aún así tenía muchas ganas de fumar. No obstante seguí adelante, aferrándome a los 200€ que me había costado la terapia, y a la promesa hecha a mis niños, y así sigo, con la intención de no volver a fumar nunca más. Pero en algunas ocasiones me sigo “muriendo” por fumarme un cigarro.
A veces, cuando tengo un mal entrenamiento o una mala carrera, me pregunto que para qué lucho tanto contra mí misma y no me abandono otra vez al tabaco, el cual recuerdo como una satisfacción. En realidad es un recuerdo engañoso, como cuando alguien al que quieres mucho te decepciona pero con el paso del tiempo sólo recuerdas lo bueno, porque los últimos meses en los que fumabas llegué a “odiarlo” por decirlo de alguna manera. No disfrutaba los cigarros, porque los fumaba compulsivamente y con ansiedad, y el sabor no me gustaba. No quería ser fumadora.
Pero aquí sigo y espero que sea la definitiva. Con la ayuda del deporte y el apoyo de mi família espero que sea así.

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